EL ARTE QUE LOS NAZIS NO PUDIERON BORRAR
Quiteria Méndez Fernández
9/24/20266 min read
Contenido de mi publicación
EL ARTE QUE LOS NAZIS NO CONSIGUIERON BORRAR
El arte robado por los nazis vuelve a los tribunales: dos demandas reabren una herida que Europa aún no ha cerrado
Los herederos de víctimas del Holocausto reclaman en Estados Unidos la restitución de obras vinculadas al expolio nazi y a los crímenes de Auschwitz. En el centro del conflicto aparecen dos obras de Lucas Cranach el Viejo y siete acuarelas realizadas por la artista Dina Gottliebova Babbitt bajo las órdenes de Josef Mengele.
Septiembre ha vuelto a colocar una de las cuestiones más delicadas del patrimonio artístico del siglo XX en el centro del debate internacional: qué debe ocurrir con las obras de arte que fueron robadas, confiscadas o creadas bajo coacción durante el régimen nazi. Dos demandas presentadas este mes en California han abierto nuevos capítulos en dos historias muy diferentes, pero unidas por el mismo pasado. Por un lado, la reclamación de dos obras maestras renacentistas de Lucas Cranach el Viejo, actualmente conservadas en el Norton Simon Museum de Pasadena. Por otro, la batalla de las hijas de la artista Dina Gottliebova Babbitt para recuperar siete acuarelas que su madre realizó durante su internamiento en Auschwitz por orden del médico nazi Josef Mengele.
Los casos llegan después de recientes cambios legislativos estadounidenses destinados a facilitar las reclamaciones de arte relacionado con el Holocausto. Y vuelven a plantear una pregunta que lleva décadas dividiendo a historiadores, juristas, museos y familias de supervivientes: ¿dónde termina el derecho a conservar un documento histórico y dónde comienza el derecho de sus legítimos propietarios a recuperarlo?
Dos obras de Cranach y una procedencia marcada por la guerra
En Pasadena, el protagonista de la primera disputa es un díptico formado por «Adán» y «Eva», dos pinturas de tamaño natural realizadas por Lucas Cranach el Viejo en 1530. Las obras estuvieron en la colección del marchante de arte judío neerlandés Jacques Goudstikker, cuya extraordinaria colección fue confiscada durante la ocupación nazi de los Países Bajos. Parte de ella acabó en manos de Hermann Göring, uno de los principales dirigentes del régimen de Adolf Hitler.
Después de la guerra, la historia de las pinturas se complicó todavía más. Las autoridades neerlandesas encargadas de las restituciones tuvieron que enfrentarse a reclamaciones contrapuestas relacionadas con la antigua propiedad de las obras. Finalmente, los cuadros terminaron en Estados Unidos y fueron adquiridos por el museo que posteriormente se convertiría en el Norton Simon Museum. Los descendientes de Goudstikker llevan años intentando recuperar las pinturas. Sin embargo, los tribunales estadounidenses habían fallado anteriormente a favor del museo. En 2018, un tribunal federal confirmó la titularidad de la institución y, en 2019, el Tribunal Supremo estadounidense rechazó intervenir en el caso.
Ahora la reclamación regresa a los tribunales por una vía jurídica diferente.
La familia de Goudstikker ha transferido sus derechos a la Jewish Federation of Greater Los Angeles, que ha presentado una nueva demanda. La organización sostiene que los cambios legislativos recientes permiten volver a plantear el litigio. Si finalmente recuperara las pinturas, la organización ha anunciado que pretende venderlas y destinar los ingresos a servicios destinados a supervivientes del Holocausto residentes en Los Ángeles.
El Norton Simon Museum mantiene, sin embargo, que su titularidad ya fue examinada por los tribunales y considera que las decisiones anteriores no se basaron simplemente en cuestiones técnicas. La institución también defiende que las obras llevan décadas expuestas públicamente y que su conservación permite que continúen siendo accesibles.
Las acuarelas que salvaron una vida
El segundo caso es todavía más complejo. Las obras fueron realizadas por Dina Gottliebova Babbitt, una artista judía nacida en Checoslovaquia que fue deportada a Auschwitz junto con su madre. Allí, Josef Mengele le ordenó realizar retratos en acuarela de prisioneros romaníes utilizados en sus experimentos pseudocientíficos. Según la documentación presentada ante el tribunal, Babbitt aceptó pintar porque esperaba que su trabajo pudiera salvarle la vida a ella y a su madre. Los prisioneros que retrató fueron posteriormente asesinados.
Babbitt sobrevivió al campo y después de la guerra emigró a Estados Unidos. Allí desarrolló una carrera profesional en la animación y trabajó para diferentes estudios de Hollywood. Entre otras cosas, participó en producciones relacionadas con personajes como Wile E. Coyote, Tweety y el Pato Lucas. Pero nunca olvidó las acuarelas. Durante décadas intentó recuperarlas. En 1973 viajó al museo de Auschwitz para autentificarlas. Según la demanda presentada ahora por sus hijas, esperaba que se las devolvieran, pero regresó a Estados Unidos sin ellas. Babbitt murió en 2009 sin conseguir recuperar las obras. Ahora sus hijas, Michele Babbitt Kane y Karin Wendy Babbitt, han decidido continuar la batalla judicial.
¿Obras de arte o documentos de un crimen?
Aquí aparece el aspecto más difícil del caso.
El Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau sostiene que las acuarelas deben permanecer en el antiguo campo de concentración porque constituyen una documentación excepcional de los crímenes cometidos allí. Según la institución, las pinturas no deberían considerarse simplemente obras de arte expoliadas. Fueron realizadas bajo las órdenes de Mengele y forman parte de los escasos testimonios conservados sobre sus experimentos con prisioneros romaníes. El museo argumenta además que su legislación fundacional le encomienda conservar objetos y documentos relacionados con los crímenes nazis.
La familia sostiene exactamente lo contrario: que precisamente porque Babbitt fue obligada a realizarlas, nunca perdió voluntariamente la propiedad de sus creaciones. La demanda solicita que se reconozca a Babbitt como legítima propietaria y que las acuarelas sean devueltas a sus herederas.
Una nueva etapa para la restitución
Los dos casos no habrían llegado a los tribunales de la misma manera sin los recientes cambios legislativos en Estados Unidos.
California aprobó una legislación destinada a facilitar determinadas reclamaciones relacionadas con obras incautadas durante el Holocausto. A nivel federal, la modificación de la Holocaust Expropriated Art Recovery Act amplió también las posibilidades de que supervivientes y herederos puedan reclamar obras expoliadas durante el periodo nazi. El objetivo de estas reformas es reducir algunos obstáculos procesales que durante años han impedido que determinadas reclamaciones fueran examinadas plenamente. Para las organizaciones que trabajan en restitución, el cambio supone que los tribunales puedan concentrarse en una cuestión fundamental: quién tiene derecho a la obra y cuál fue su historia de propiedad, en lugar de que el caso quede cerrado por determinados obstáculos jurídicos.
Un problema que está lejos de desaparecer
Más de ocho décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, el mapa de las colecciones europeas y estadounidenses continúa conservando las huellas del expolio nazi. Museos, coleccionistas, gobiernos y descendientes de víctimas siguen revisando procedencias que durante décadas permanecieron incompletas o fueron consideradas suficientemente acreditadas. El caso Goudstikker demuestra hasta qué punto una obra puede atravesar múltiples propietarios y países antes de llegar a un museo. El de Babbitt plantea un dilema diferente: qué ocurre cuando el objeto que una institución considera una pieza imprescindible para preservar la memoria de un crimen es, al mismo tiempo, una creación personal de una víctima que nunca quiso desprenderse de ella.
Las dos demandas de septiembre no resolverán por sí solas el problema de la restitución del arte relacionado con el Holocausto. Pero sí vuelven a colocar sobre la mesa una cuestión que afecta directamente a la historia del arte y a la conservación del patrimonio:
¿Debe un museo conservar una obra porque su presencia permite recordar un crimen, o debe devolverla cuando existen reclamaciones de propiedad de quienes fueron víctimas de ese mismo crimen?
MI OPINIÓN
Creo firmemente que en estos casos, las obras de arte deben permanecer en los museos. Soy una firme defensora de la propiedad privada, pero en el primer caso, las obras llevan más de 40 años en el museo. Son parte de la idiosincrasia de una ciudad y no se puede privar a los ciudadanos del arte. En el segundo caso, la artista, ya fallecida, no debería pedir de vuelta sus acuarelas ya que fueron orden de otra persona en un contexto muy particular. Son testimonios de primera mano de como eran los campos de concentración, los prisioneros. Creo que deberían quedarse en el museo.
La respuesta esta vez tendrá que llegar de los tribunales.







