OBRA DEL DÍA
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Circe envidiosa: cuando la magia se convierte en venganza
Hay algo inquietante en Circe envidiosa, de John William Waterhouse. A primera vista, parece una escena mitológica bellísima: una mujer rodeada de naturaleza, agua cristalina y una atmósfera casi de ensueño. Pero basta con fijarse un poco más para descubrir que aquí no hay nada de inocente. Circe está a punto de convertir su dolor y sus celos en una auténtica maldición.
Pintada en 1892, la obra pertenece a ese universo tan característico de Waterhouse, donde la mitología clásica se mezcla con mujeres misteriosas, paisajes exuberantes y una belleza que suele esconder algo bastante oscuro. En este caso, el artista se inspira en un episodio de Las metamorfosis de Ovidio: Circe se enamora del dios marino Glauco, pero él no corresponde a sus sentimientos porque ama a la ninfa Escila. La respuesta de Circe no es precisamente aceptar el rechazo y pasar página.
En la pintura vemos el instante anterior a la venganza. Circe aparece junto a un estanque mientras vierte un líquido mágico en el agua. Según el relato mitológico, ese hechizo acabará transformando a Escila en un monstruo. Lo interesante es que Waterhouse no necesita mostrarnos la transformación. Todo está en el gesto de Circe, en su mirada y, sobre todo, en esa sensación de que estamos asistiendo a algo que todavía no ha ocurrido, pero que ya resulta inevitable.
Uno de los detalles más curiosos está precisamente en el agua. La superficie funciona casi como un espejo y permite ver el reflejo de Circe y del paisaje. Pero también crea una especie de frontera entre dos mundos: el real y el mágico. Waterhouse utiliza este recurso para aumentar la sensación de misterio y, de paso, recordarnos que Circe pertenece a un universo donde las leyes normales no funcionan.
Y después está la propia Circe. Waterhouse la representa como una mujer extraordinariamente hermosa, pero lejos de convertirla en una víctima pasiva. Tiene poder, sabe perfectamente lo que está haciendo y controla la situación. La belleza y la amenaza conviven en el mismo personaje. Esa combinación es una de las grandes constantes de la pintura de Waterhouse.
También llama la atención la exuberancia vegetal que rodea la escena. Flores, hojas, agua y reflejos construyen un ambiente casi paradisíaco. Y precisamente por eso resulta todavía más perturbador descubrir que, en medio de tanta belleza, se está preparando una venganza.
La historia de Circe tiene además una curiosa lectura sobre los celos. No estamos ante una heroína romántica que espera ser correspondida, sino ante alguien que convierte el rechazo en castigo. Waterhouse consigue que el espectador se quede mirando porque no sabemos exactamente qué está a punto de ocurrir, aunque conocemos el final.
Lo primero que llama la atención es el formato extraordinariamente vertical del lienzo: 180,7 centímetros de alto frente a solo 87,4 de ancho. Esta proporción hace que Circe parezca todavía más imponente. Su cuerpo ocupa prácticamente todo el eje central de la composición y nuestra mirada desciende con ella desde el rostro hasta el agua. No estamos ante una figura perdida en un paisaje: ella es el paisaje y, prácticamente, el cuadro entero gira alrededor de su presencia.
Waterhouse coloca a Circe ligeramente inclinada hacia delante. Tiene la cabeza baja, el rostro visto en tres cuartos y una mirada fija en el recipiente que sostiene. No mira al espectador. Tampoco parece mirar el agua. Está completamente concentrada en lo que hace. Ese gesto contenido resulta mucho más inquietante que una expresión exagerada de rabia: no parece una mujer fuera de control, sino alguien que ha tomado una decisión y la está ejecutando.
En sus manos sostiene una copa de cristal ancha y poco profunda, llena de un líquido verde luminoso. De ella cae un fino chorro que atraviesa visualmente el cuerpo de Circe y llega hasta el agua. El vestido refuerza ese efecto: sus pliegues verticales acompañan el movimiento descendente del veneno. Es casi como si toda la figura estuviera construida para conducir nuestra mirada hacia el punto donde la poción entra en contacto con el agua.
Y aquí aparece uno de los detalles más interesantes del cuadro. El verde no está limitado a la poción. Se extiende por el agua y parece contaminar también la atmósfera de la escena. La propia Art Gallery of South Australia ha destacado precisamente ese verde intenso como una referencia visual a la envidia. El color deja de ser simplemente decorativo y se convierte en una especie de mancha emocional que invade la pintura. Pero quizá el detalle más sorprendente está abajo, en los pies de Circe. La hechicera está descalza sobre la cabeza de una criatura marina apenas visible entre las burbujas, las ondas y las tonalidades azul verdosas. Se distinguen sus ojos, la boca abierta y parte de su cuerpo, mientras unas pequeñas alas y la cola se mezclan con el movimiento del agua. No es simplemente un elemento decorativo: la criatura funciona como una anticipación visual del monstruo en el que se convertirá Escila.
Así, Waterhouse consigue algo bastante ingenioso: el monstruo ya está presente antes de que se produzca la metamorfosis. La transformación parece estar empezando en el propio cuadro. El agua hierve, aparecen burbujas y se forma un remolino alrededor de los pies de Circe. La superficie tranquila que esperaríamos encontrar en un estanque se ha convertido en algo vivo y amenazante. También resulta llamativo el contraste entre la piel desnuda de Circe, su cabello oscuro y el vestido rojizo con los tonos fríos y enfermizos del agua. El rojo aporta una nota cálida y sensual, mientras que el verde y el azul dominan el entorno. La figura humana parece pertenecer a un mundo diferente del que está creando con su hechizo. Y ahí está, probablemente, una de las grandes particularidades de Circe envidiosa: Waterhouse no necesita representar una explosión de magia. La magia está en el color, en el agua y en la composición. Todo sucede de manera silenciosa. Circe simplemente vierte una sustancia verde y observa cómo comienza a cambiar el mundo que tiene bajo sus pies.
El resultado es una escena bellísima, pero profundamente incómoda. Y no deja de ser curioso que el cuadro recibiera críticas negativas cuando llegó a Adelaida en 1892; algunos periódicos llegaron a considerar que repelía más de lo que atraía. Hoy, sin embargo, es una de las obras más conocidas y reproducidas de la colección. Quizá Waterhouse consiguió precisamente lo que pretendía: que durante unos segundos nos quedemos hipnotizados mirando a Circe antes de darnos cuenta de que estamos contemplando el nacimiento de un monstruo.
PROSERPINA
DANTE GABRIEL ROSSETTI. 1874
Proserpine: atrapada entre dos mundos
En 1874, Dante Gabriel Rossetti pintó una de las obras más inquietantes de su trayectoria: Proserpine. La escena parece sencilla. Una mujer se encuentra en una estancia oscura y sostiene entre sus manos una granada parcialmente abierta. A su alrededor, la vegetación invade las sombras. Al fondo, una ventana deja entrar una luz tenue procedente de un mundo exterior al que la protagonista parece ya no pertenecer.
Pero Proserpine no es solamente una representación de un personaje mitológico. En ella se mezclan la mitología clásica, la poesía, el deseo, el encierro y algunos de los conflictos personales que marcaron la vida de su autor. Es una pintura en la que resulta difícil separar completamente la historia de la diosa de la historia del hombre que la representa.
Rossetti y los prerrafaelitas
Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) fue pintor y poeta, y una de las figuras fundamentales de la Hermandad Prerrafaelita, fundada en Londres en 1848 junto a William Holman Hunt y John Everett Millais.
Los prerrafaelitas surgieron como reacción contra lo que consideraban una pintura académica excesivamente convencional. El propio nombre hacía referencia a su admiración por los artistas italianos anteriores a Rafael, a quien la tradición académica había convertido en uno de los grandes modelos de la pintura occidental.
No pretendían simplemente copiar el arte medieval. Buscaban recuperar una manera de pintar que consideraban más sincera, detallista y vinculada a la naturaleza. En sus obras encontramos colores intensos, una atención extraordinaria a los detalles, referencias literarias y religiosas, personajes medievales o mitológicos y una fuerte carga simbólica.
También existía una estrecha relación entre diferentes disciplinas. Poesía, pintura y literatura podían formar parte de una misma obra. Rossetti llevó esta idea especialmente lejos. Para él, una imagen podía funcionar como un poema y un poema podía convertirse en una imagen.
Con el paso del tiempo, el movimiento evolucionó. La primera generación prerrafaelita fue dejando paso a un universo más simbólico, sensual y psicológico, en el que Rossetti tuvo un papel fundamental. Proserpine pertenece precisamente a esta etapa más madura del artista.
El mito de Proserpina
El tema procede de la mitología clásica. Proserpina, equivalente romana de la Perséfone griega, era hija de Ceres, diosa de la agricultura.

